Por Diego Macor, Country Manager de NeoSecure by SEK.

No hay nada más peligroso que un usuario con contraseña filtrada. Ese es mi lema. No son los hackers como nos los muestran las películas de Hollywood los que más daño provocan, sino la simple, cotidiana y peligrosa combinación de un usuario confiado y una credencial expuesta.

Durante años pensamos en la ciberseguridad como un asunto reservado a expertos frente a pantallas verdes llenas de código. Pero la realidad es mucho más simple, y también más inquietante: la mayoría de los ataques comienza con el robo de credenciales. Hoy no solo se filtran contraseñas: también se exponen cuentas completas que, en combinación con esas claves, permiten a los atacantes entrar en los sistemas de las empresas sin levantar alarmas. Phishing, programas maliciosos que se instalan casi sin que nos demos cuenta o simples descuidos en la gestión de accesos son los métodos más efectivos de los delincuentes digitales.

Las cifras lo confirman. Según Check Point, en 2025 el robo de credenciales creció un 160 % y representó una quinta parte de las brechas de seguridad reportadas. IBM, por su parte, detectó un aumento del 84 % en la distribución de correos con infostealers, programas diseñados para robar credenciales. Y el IBM Cost of a Data Breach Report 2025estima que un solo incidente originado en credenciales comprometidas cuesta en promedio 680 mil dólares, cifra que en sectores críticos como la salud puede superar los siete millones.

En Chile, el director de la Agencia Nacional de Ciberseguridad, Daniel Álvarez, lo explicó con claridad: los ataques mediante credenciales robadas son mucho más frecuentes que los ataques de ransomware. Por eso, la ANCI analiza exigir por norma el uso obligatorio del doble factor de autenticación en los operadores de infraestructura vital. Y no es un capricho: con esta medida se estima que se podrían evitar más del 85 % de los ataques actuales.

¿Por qué es tan importante el doble factor? Porque cambia las reglas del juego. No importa que una contraseña sea larga, compleja o aparentemente invulnerable: si alguien la roba o el propio usuario la entrega bajo engaño, el resultado es el mismo. El doble factor añade una segunda barrera que corta el camino. Microsoft sostiene que esta práctica puede bloquear más del 99 % de los intentos de acceso no autorizado. Y cuando se combina con tecnologías emergentes como la autenticación sin contraseña (passwordless), basada en biometría o llaves físicas de seguridad, la protección se multiplica.

Pero nada de esto será suficiente si seguimos creyendo que la ciberseguridad es solo cuestión de tecnología. Es también un tema cultural. La forma en que reaccionamos frente a un correo sospechoso, cómo gestionamos nuestras cuentas o qué tan conscientes estamos de los riesgos marca la diferencia entre ser parte del problema o de la solución.

Lo mencioné también en un seminario de ciberseguridad en la Clínica Alemana, organizado por la Alianza Chilena de Ciberseguridad: la tecnología avanza, los atacantes se perfeccionan, pero la mayoría de las brechas empieza con lo más básico. Una credencial filtrada en las manos equivocadas.

Una contraseña o credencial filtrada no es un detalle técnico: es una puerta abierta. Y mientras no entendamos eso, seguiremos entregando las llaves de nuestra casa digital a quien quiera entrar.

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