- Por Pablo Altimiras, Gerente General SQM Yodo Nutrición Vegetal.
En Chile, durante siglos, se han cultivado diferentes productos en el desierto de Atacama. Sin embargo, la escala de producción de estos cultivos siempre ha sido pequeña. Muchas variables pueden explicar esto, pero la falta de agua y la no utilización de tecnología agrícola de última generación son, en buena parte, los factores responsables.
Esto contrasta con la realidad de otros países donde es posible hacer agricultura en el desierto a gran escala. Ejemplo de esto es Israel, donde a pesar de que un 60% de su superficie es desértica, ha logrado dedicar un 12% a la producción agrícola. Su secreto ha sido el desarrollo tecnológico en sistemas de riego, desalinización de agua de mar y en agricultura de precisión.
Chile debería revisar hoy si este ejemplo se puede replicar, pues el contexto está cambiando. Hoy ya existen tuberías que traen agua de mar hacia el continente. Además, hay acceso a energías limpias a costos razonables y experiencia práctica de que, aplicando tecnologías de riego y fertilización, se pueden cultivar especies que nunca habíamos visto.
Por lo tanto, hoy la discusión ya no es si la agricultura puede desarrollarse en zonas áridas, sino cómo escalarla de manera sostenible, eficiente y con un real impacto territorial. Este modelo ya ha tenido éxito en Israel, México, Perú y España, quienes avanzaron hace años en esta dirección, combinando ciencia, tecnología y gestión hídrica para transformar zonas áridas en polos agroproductivos.
Chile también tiene condiciones favorables para soñar en hacer una agricultura más grande y sostenible en el desierto: estabilidad térmica, radiación solar privilegiada, producción contra estación y una creciente infraestructura energética renovable.
Desde el norte del país, esa transformación ya comenzó, y en SQM Yodo Nutrición Vegetal hemos sido parte de aquello. En los últimos años, junto a comunidades locales hemos consolidado cerca de 60 hectáreas agrícolas productivas en pleno desierto, con cultivos reales, empleo local y transferencia tecnológica. No se trata de pilotos teóricos, sino de superficies en operación que demuestran que este modelo es técnica y socialmente viable. Y la evidencia es tangible: en la Pampa del Tamarugal desarrollamos, junto a CONAF y la Asociación Indígena Aymara Campesina, un proyecto que hoy abastece con alfalfa a más de cinco mil cabezas de ganado; mientras que en la Colonia de Pintados trabajamos con comunidades indígenas en la recuperación de suelos, donde evaluamos 26 variedades de arándanos monitoreadas con sensores de salinidad, riego y evapotranspiración.
Sumado a esto, el compromiso territorial se ha profundizado con hitos como la inauguración de la primera Oficina de Proveedores Locales del país en Pozo Almonte, región de Tarapacá. Un espacio que busca fortalecer las capacidades y la participación en cadenas productivas de mayor escala de emprendedores del Tamarugal.
Este avance nos llevó a definir una Visión 2030 ambiciosa. Nos planteamos multiplicar por diez esa superficie y alcanzar 600 hectáreas productivas, articuladas en polos agrícolas en zonas como Pozo Almonte, Huara y Pica, con proyección hacia la Región de Antofagasta.
Este punto es relevante: el desarrollo agrícola en esta zona no puede ser un proyecto aislado ni dependiente de una sola empresa. Requiere colaboración público-privada, inversión en ciencia y una mirada estratégica de largo plazo. Si Chile aspira a fortalecer su seguridad alimentaria y generar nuevas oportunidades regionales, el norte debería entrar de lleno en esa conversación.El desierto es clave en nuestra operación, por lo que estamos convencidos de que mirarlo como un territorio productivo, apoyado en ciencia e innovación, es empezar a construir respuestas concretas a los desafíos del futuro. El 2026 lo enfrentamos con una mirada diferente, donde la invitación es a entender que en el norte de Chile se pueden hacer más cosas para contribuir a que se consolide como un actor relevante en la producción de alimentos.
