Por Romina Torres, académica Facultad de Ingeniería y Ciencias UAI, investigadora titular de Data Observatory.

La realidad de la brecha de género en tecnología ya no permite diagnósticos superficiales. Según ONU Mujeres, al ritmo actual, la paridad en las áreas de ciencia y tecnología (STEM) no se alcanzará antes del año 2100. Esta subrepresentación configura un riesgo sistémico en sectores críticos como la Inteligencia Artificial, donde las mujeres ocupan apenas el 22% de los puestos mundiales. Dado que hacia 2050 el 75% de los empleos estará vinculado a estas áreas, integrar el talento femenino es una estrategia vital para nuestra resiliencia económica.

En Chile, la Cuarta Radiografía de Género en CTCI (2025) revela que apenas el 7,8% de las mujeres tituladas de pregrado proviene de áreas STEM. Esta brecha impacta directamente en nuestra capacidad de innovación nacional: las mujeres representan solo el 23% de las personas inventoras en solicitudes de patentes y, en nuestra historia, el Premio Nacional de Ciencias Aplicadas y Tecnológicas es un espacio que aún espera ser liderado por una mujer.

Para revertir estas cifras, debemos entender que el camino hacia el liderazgo técnico comienza mucho antes de la educación superior. Si bien padres, tutores y profesores ya reconocen que el primer paso es deconstruir estereotipos, el desafío actual es superar la «segunda brecha digital»: aquella que separa a quienes solo usan dispositivos de quienes dominan la creación de soluciones. En este tránsito, las familias no pueden caminar solas; necesitan el respaldo de la academia.

Es bajo esta premisa que la conmemoración del Día Internacional de las Niñas en las TIC cobra su verdadero sentido. Este hito anual permite articular la función de vinculación con el medio de las instituciones de educación superior, actuando como puentes que guían a los adultos y encantan a las niñas con experiencias prácticas. Iniciativas como el Día de Ada Lovelace, donde los laboratorios se abren para descubrir la programación, permiten que el entusiasmo inicial se transforme en una vocación sólida. Al cultivar este vínculo paso a paso, no solo estaremos cerrando una brecha estadística, sino formando a las investigadoras que Chile requiere para liderar su propia soberanía tecnológica con una visión robusta, diversa y genuinamente inclusiva.

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