- La inteligencia artificial generativa se ha instalado en el centro de las conversaciones sobre crecimiento económico y competitividad. Sin embargo, a medida que aumentan las expectativas sobre su potencial transformador, también comienzan a aparecer señales de cautela respecto a lo que realmente puede lograr por sí sola.
LATAM, 23 de junio de 2026.- Un reciente estudio elaborado por expertos, estima que la adopción de inteligencia artificial generativa podría aumentar el Producto Interno Bruto (PIB) de Chile entre un 0,57% y un 3% en los próximos diez años. Dependiendo del escenario considerado, esto representaría un aporte de entre US$2.000 millones y US$11.000 millones a la economía nacional.
Las cifras son relevantes. Sin embargo, quizás la conclusión más interesante del análisis no es cuánto puede aportar la IA, sino lo que no puede hacer.
De acuerdo con los investigadores, incluso en el escenario más optimista, la inteligencia artificial no modificará por sí sola la trayectoria de crecimiento de largo plazo del país ni resolverá desafíos estructurales relacionados con productividad, inversión o desarrollo de capital humano. La observación resulta especialmente relevante para el mundo empresarial.
Durante los últimos dos años, organizaciones de prácticamente todos los sectores han acelerado sus inversiones en inteligencia artificial. Desde asistentes virtuales y automatización de procesos hasta análisis predictivo y generación de contenido, la tecnología está siendo incorporada a una velocidad sin precedentes. Sin embargo, los resultados obtenidos han sido muy diferentes entre unas empresas y otras. La pregunta es por qué.
Según expertos en transformación digital, la respuesta está en una serie de factores que muchas veces reciben menos atención que la propia tecnología.
«La inteligencia artificial tiene la capacidad de acelerar procesos, optimizar operaciones y mejorar la toma de decisiones, pero no corrige automáticamente problemas estructurales dentro de una organización», explica el experto Donato de Andrade, a lo cual agrega: «Cuando una empresa implementa IA sobre procesos ineficientes, datos fragmentados o equipos que no han sido preparados para trabajar con estas herramientas, el resultado suele estar muy por debajo del potencial esperado», agrega.
La experiencia coincide con los hallazgos del estudio de Clapes UC. La investigación señala que cerca del 20% de las tareas laborales podrían verse impactadas por la inteligencia artificial generativa, aunque solo una parte de ellas sería completamente automatizable. En otras palabras, gran parte del valor económico no provendrá del reemplazo del trabajo humano, sino de la capacidad de complementar y potenciar las capacidades de las personas.
Ese escenario está dando origen a una nueva brecha empresarial. Desde la perspectiva del experto, la verdadera diferencia no estará entre las empresas que adoptan inteligencia artificial y las que no, estará entre aquellas que transforman genuinamente su forma de operar y aquellas que simplemente incorporan nuevas herramientas sin modificar sus estructuras, procesos o cultura. Por un lado, se encuentran las organizaciones que utilizan la IA para resolver tareas puntuales o automatizar procesos específicos. Por otro, aquellas que están integrando estas capacidades dentro de una estrategia más amplia de transformación, revisando modelos operativos, fortaleciendo la gestión de datos y desarrollando nuevas competencias entre sus colaboradores.
Para los especialistas, esta diferencia será uno de los factores que más influirá en la competitividad de las empresas durante los próximos años. «Existe una tendencia a pensar que la transformación ocurre cuando se incorpora una nueva tecnología. En realidad, la transformación ocurre cuando una organización cambia la manera en que trabaja, toma decisiones y genera valor. La IA es un habilitador de ese proceso, pero no su reemplazo”, señala de Andrade.
La evidencia internacional apunta en la misma dirección. Diversos estudios han mostrado que, aunque la adopción de inteligencia artificial continúa creciendo a nivel global, muchas organizaciones todavía enfrentan dificultades para traducir esa inversión en resultados concretos de productividad o crecimiento.
Entre los principales desafíos aparecen factores como la calidad de los datos, la integración entre sistemas, la resistencia al cambio organizacional y la escasez de talento especializado. Todos ellos elementos que la tecnología, por sí sola, no puede resolver.
El propio estudio destaca que para capturar plenamente los beneficios de la inteligencia artificial será necesario avanzar en materias como formación de capital humano, modernización institucional, atracción de inversiones y fortalecimiento de capacidades productivas.
La lección parece ser la misma tanto para países como para empresas: la inteligencia artificial puede convertirse en un acelerador poderoso de productividad, pero sus beneficios dependen de condiciones previas que muchas veces permanecen invisibles en el debate público. Es justamente esa capa oculta la que define el concepto de productividad invisible: el conjunto de habilitadores, datos bien gestionados, procesos depurados, equipos entrenados, liderazgo comprometido y una cultura de mejora continua, que no aparecen en los titulares tecnológicos pero que determinan si la IA genera valor real o simplemente añade complejidad. Sin esa base invisible, incluso las implementaciones más sofisticadas quedan reducidas a pilotos prometedores que nunca escalan.
Procesos eficientes, talento capacitado, liderazgo, cultura organizacional y una estrategia clara siguen siendo componentes fundamentales para generar resultados sostenibles.
«Las organizaciones que obtendrán mayores beneficios de la inteligencia artificial no serán necesariamente las que más inviertan en tecnología, sino aquellas que logren combinar datos, talento, procesos y estrategia para convertir esa tecnología en valor real para el negocio», concluye el experto de Stefanini
La inteligencia artificial ha demostrado que puede transformar la manera en que las organizaciones operan, analizan información y toman decisiones. Sin embargo, su verdadero impacto no dependerá de la velocidad con la que se adopte, sino de la capacidad de las empresas para evolucionar junto con ella.
La historia de la productividad nunca ha sido únicamente una historia de tecnología. Ha sido, sobre todo, una historia de adaptación, aprendizaje y transformación organizacional. Cada avance tecnológico relevante ha generado valor cuando estuvo acompañado de nuevas formas de trabajo, mejores procesos y personas preparadas para aprovecharlo.
La inteligencia artificial no será la excepción. Las organizaciones que obtengan mayores beneficios no serán necesariamente aquellas que implementen más herramientas o desarrollen más pilotos, sino aquellas que utilicen esta oportunidad para revisar cómo operan, cómo toman decisiones y cómo preparan a sus equipos para el futuro.
Porque la pregunta ya no es si la IA cambiará las empresas. La pregunta es qué tan preparadas están las empresas para cambiar junto con ella. Y esa respuesta seguirá dependiendo mucho más de las personas y de las organizaciones que de la tecnología misma.
