- Por Natalia Jiménez, Directora de Desarrollo de Negocios para LATAM en Deel.
El Banco Interamericano de Desarrollo lo dijo sin rodeos la semana pasada: en América Latina se necesitan cuatro trabajadores para producir lo mismo que produce uno en Estados Unidos. En tres décadas, el ingreso real de la región creció apenas 18%, la mitad del ritmo de los países de la OCDE. El diagnóstico del BID es contundente y, para quienes trabajamos con empresas en la región día a día, conocido: informalidad extendida, políticas laborales que no premian la creación de empleo formal, y una brecha de habilidades que no cierra al ritmo que exige el mercado.
Es un problema estructural y, como tal, no se resuelve con un anuncio ni con una sola medida de política pública. Pero hay una parte de esa brecha que las empresas no tienen que esperar a que el Estado resuelva: la que depende de cómo cada compañía organiza y gestiona a su propia gente. Ahí sí hay margen para actuar hoy.
Llevamos años viendo qué pasa cuando una empresa reemplaza procesos manuales y dispersos por un sistema que conecta contratación, gestión, pago y equipamiento de personas en un solo lugar, con una capa de inteligencia que ya opera sobre esos datos. No es teoría de laboratorio. En la práctica, ese cambio reduce los errores en procesos de nómina de un rango de 70-80% a uno de 16-37%, corta el tiempo de una primera revisión de candidatos hasta 30 veces, y baja el primer tiempo de respuesta en soporte de IT de casi dos horas a 20 minutos. Son horas que un equipo de Recursos Humanos en Bogotá, Ciudad de México o São Paulo deja de gastar corrigiendo planillas o rastreando documentación, y que puede dedicar a decisiones que sí mueven la aguja de la productividad: a quién contratar, cómo desarrollar a su gente, dónde crecer.
Esto importa en particular en América Latina, donde la fragmentación regulatoria entre países agrava exactamente el problema que señala el BID. Una empresa que opera en cuatro o cinco países de la región suele necesitar un proveedor de nómina distinto en cada uno, reglas de cumplimiento que cambian todo el tiempo, y equipos internos dedicados solo a mantener todo eso funcionando. Cada hora que un equipo de Finanzas o de Personas invierte en reconciliar esa complejidad es una hora que no está generando valor. Para una empresa pequeña, eso significa poder crecer sin sumar cabezas solo para gestionar administración. Para una empresa mediana, significa dejar de operar con cinco proveedores distintos en cinco países y consolidar esa operación en un solo sistema. Ninguna de las dos resuelve la informalidad que describe el BID, pero ambas liberan exactamente el tipo de tiempo y talento que la región necesita canalizar hacia trabajo de mayor valor.
Vale la pena ser preciso sobre qué significa esto y qué no. La tecnología no sustituye el criterio de las personas ni decide por ellas: filtra candidatos según los criterios que el propio equipo define, pero la decisión de contratar sigue siendo humana. Revisa cada corrida de nómina antes de que el dinero se mueva, pero no calcula el pago por sí sola ni actúa sola en nada sensible. Reduce el riesgo de cumplimiento, pero no lo garantiza: la ley local sigue siendo la ley local, y alguien con criterio humano aprueba lo que realmente importa. La productividad que se gana aquí no viene de quitarle la decisión a las personas, sino de quitarles el trabajo repetitivo que les impedía dedicarse a decidir.
Lo que vemos, trabajando todos los días con equipos de Personas y de Finanzas en distintos países de la región, coincide con lo que dice el BID, aunque con un matiz importante. La brecha de productividad es real y estructural, y los cambios de fondo que señala el diagnóstico del BID van a tomar años en concretarse. Pero ninguna empresa tiene que esperar a que eso ocurra para dejar de perder productividad en tareas que ya se pueden resolver hoy.
El BID le puso números a un problema que quienes trabajamos en la región conocíamos de forma intuitiva. La pregunta que le toca responder a cada empresa ahora no es si existe la brecha, sino cuánto de ella depende de decisiones que ya están, literalmente, en sus manos.
