• Expertos advierten que usar dispositivos como recompensa no solo refuerza su atractivo, sino que también puede fomentar dependencia y hábitos digitales poco saludables en niños y adolescentes.

LATAM, 30 de abril de 2026.- Muchos padres y cuidadores suelen permitir a los niños el uso de dispositivos electrónicos como una forma de recompensa por buen comportamiento o como una manera rápida de mantenerlos entretenidos. Ya sea para apurar rutinas, evitar conflictos o simplemente ganar tiempo, las pantallas suelen aparecer como una solución inmediata. Sin embargo, especialistas han advertido en reiteradas oportunidades que este recurso, aunque efectivo a corto plazo, puede resultar contraproducente.

La psicóloga infantil Jarmila Tomkova explica que, al entregar el acceso a dispositivos como premio o vía de distracción, se les otorga un valor emocional mayor al que deberían tener, transformándolos en un estímulo altamente deseado en lugar de una herramienta de uso cotidiano.

“Este enfoque no solo refuerza el atractivo de las pantallas, sino que también puede dificultar que los niños desarrollen una relación equilibrada con la tecnología, aumentando su dependencia y su necesidad de recurrir a ella para regular emociones o comportamientos”, destaca, Martina López, Investigadora de Seguridad Informática.

La evolución de la dependencia

Los especialistas advierten que el principal problema de usar pantallas como recompensa es que fortalece su poder de atracción; es decir, cuando algo se convierte en “premio”, automáticamente adquiere mayor importancia y deseo.

En el caso de los niños, esto puede traducirse en una motivación externa constante como portarse bien o cumplir tareas, eliminando la idea de que sean un hábito normal que con el tiempo puede debilitar la autorregulación y fomentar una relación poco saludable con la tecnología.

“El problema se agrava cuando este enfoque contribuye a un uso excesivo de pantallas. Diversos estudios advierten que superar las cinco horas diarias puede tener efectos negativos tanto en la salud física como mental de los niños. Pero, también hablamos de efectos adversos como fatiga visual, alteraciones del sueño, disminución de la actividad física, problemas de concentración, entre otros”, destaca López.

Cuando el riesgo también es digital

El incremento en el tiempo de uso de dispositivos no solo tiene implicaciones en la salud física y emocional de los niños, sino también en su seguridad digital. La especialista precisa que, a mayor exposición, aumentan las probabilidades de que los menores entren en contacto con diversos riesgos en línea, especialmente si el uso ocurre sin supervisión o como resultado de una dinámica impulsiva.

De acuerdo con UNICEF, al menos el 41% de los niños de 10 años de edad, en todo el mundo, ya tienen un teléfono móvil. Además, el informe Global Kids Online advierte que un número importante de niños y adolescentes en todo el mundo ha estado expuesto a situaciones de riesgo como contacto con desconocidos, contenido inapropiado o ciberacoso.

Por su parte, López advierte que también se suman riesgos relacionados a la difusión de información personal, considerando que los niños no suelen dimensionar las consecuencias reales.

“Cuando el uso de dispositivos no está guiado por normas claras, sino por recompensas o impulsos, se pierde la oportunidad de educar a los niños en prácticas básicas de ciberseguridad, como la protección de datos personales o el reconocimiento de riesgos en línea”, finaliza la investigadora.

Promover un uso equilibrado y supervisado no solo se relaciona con el bienestar general de los niños y adolescentes, sino que también es una práctica clave para formarlos a ser usuarios digitales más responsables desde edades tempranas.

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