- Keren Castellano Fundadora y Directora To Contact.
Hace pocos días, Francisco me contó su experiencia postulando a un trabajo. Pasó por seis entrevistas, habló con recursos humanos, con quien sería su jefe y con el equipo, realizó evaluaciones y hasta preparó una presentación estratégica. Después de semanas de proceso, recibió un “te estaremos avisando”.
Nunca más lo contactaron.
Más allá de lo anecdótico, lo relevante es lo que ocurrió después: ese candidato no solo descartó a la empresa, sino que comenzó a compartir su experiencia cada vez que alguien la mencionaba.
Esto refleja una realidad que muchas organizaciones aún no terminan de asumir: los procesos de selección ya no son solo una herramienta para evaluar talento. Son, también, una instancia crítica de construcción —o deterioro— de su marca empleadora.
En un mercado donde la información fluye y las experiencias se comparten, cada interacción cuenta. Y comunica más de lo que parece: cultura, liderazgo, capacidad de gestión y respeto por las personas.
El costo de esto es silencioso, pero significativo.
Procesos extensos generan desgaste y desconexión. El talento más demandado —precisamente el que las empresas buscan— no espera indefinidamente. Tiene alternativas y toma decisiones rápido. Cuando un proceso se alarga sin sentido, el mensaje implícito es claro: falta de agilidad.
A esto se suma un fenómeno cada vez más frecuente: el “ghosting corporativo”. Empresas que dejan de responder, que no cierran procesos o que desaparecen tras varias etapas. Lo que internamente puede parecer menor, hacia afuera se interpreta como una señal de desorganización o falta de consideración.
Porque hoy la marca empleadora no se define solo en el discurso, sino en la experiencia real. En cómo se comunica, en los tiempos de respuesta y en el trato hacia cada candidato, incluso cuando no es seleccionado.
Las empresas suelen pensar que están en una posición de evaluación unilateral. Pero ese equilibrio cambió. El talento no solo elige dónde trabajar, sino también a qué tipo de organización quiere vincularse.
Por eso, más que preguntarse cuántas etapas tiene un proceso, las compañías deberían preguntarse qué experiencia están ofreciendo en cada una de ellas.
Porque al final, cada proceso de selección es una promesa. Y en un entorno donde la marca empleadora se construye en cada detalle, cumplirla ya no es opcional.
