Durante el Microsoft Frontier Tour, realizado recientemente en México, Isabel Morell conversó para trendTIC con tres ejecutivos de la compañía sobre las oportunidades de la IA en Latinoamérica, el avance de las empresas chilenas y los desafíos de una adopción que exige capacitación, cambios de mentalidad y responsabilidad humana.
México, 02 de noviembre de 2026 – La inteligencia artificial está abriendo nuevas posibilidades para las organizaciones, pero su impacto depende de algo más que incorporar herramientas. Identificar problemas concretos, repensar procesos y preparar a las personas son condiciones fundamentales para convertir su potencial en resultados de negocio.
Esa visión atraviesa las conversaciones que Isabel Morell sostuvo durante el encuentro con Alberto “Tito” Arciniega, presidente de Microsoft Latinoamérica; Daniel Verswyvel, gerente general de Microsoft Sudamérica; y Ezequiel Glinsky, director de Tecnología de Microsoft Latinoamérica. Desde sus respectivas perspectivas, los ejecutivos analizaron cómo avanzar desde la experimentación hacia una transformación organizacional y qué lugar deben ocupar las personas ante el crecimiento de los agentes de IA.
Una adopción con propósito
Para Alberto Arciniega, el punto de partida es comprender qué se quiere lograr. Aunque la IA permite mejorar la productividad individual, su mayor contribución aparece cuando las organizaciones examinan sus problemas y oportunidades considerando capacidades que antes no estaban disponibles o resultaban demasiado costosas.
“Acá tiene que haber propósito”, plantea. La decisión de utilizar inteligencia artificial, explica, debe responder a la posibilidad de hacer algo de manera más eficiente, mejorar un resultado o desarrollar una propuesta diferente.
El ejecutivo compara este proceso con la llegada de internet: las empresas no se limitaron a incorporar conectividad a sus operaciones, sino que transformaron sus modelos de negocio. A su juicio, la IA exige una revisión similar, aunque a una velocidad mucho mayor.
Por eso, identifica el cambio de mentalidad como uno de los principales desafíos. La pregunta ya no es únicamente qué herramienta incorporar, sino cómo podría funcionar el negocio si se aprovecharan las nuevas capacidades tecnológicas.
Innovación desde el trabajo cotidiano
Consultado por Morell sobre aplicaciones capaces de resolver problemas complejos, Arciniega destaca una oportunidad que también se encuentra en las tareas cotidianas: automatizar numerosos procesos pequeños que, en conjunto, pueden generar un impacto relevante.
Como ejemplo, relata el caso de una compañía en Chile donde un trabajador ajeno al área tecnológica había automatizado veinte procesos vinculados con sus funciones. Según explica, la organización detectó su actividad a partir del consumo de tokens y, al investigar, descubrió las mejoras que había desarrollado.
La experiencia ilustra un cambio en las posibilidades de innovación. Antes, intervenir esos procesos requería que los equipos tecnológicos conocieran en detalle el trabajo de cada persona, una tarea difícil de escalar. Hoy, sostiene, los propios colaboradores pueden participar más directamente en su transformación. “Ese es el valor que hoy existe. Innovación y mejora a escala”, afirma.
Sobre Chile, Arciniega menciona el acuerdo de inteligencia artificial con Banco de Chile y el trabajo con Codelco como ejemplos del avance de las grandes organizaciones. También identifica oportunidades para las pymes, cuya menor burocracia y menor dependencia de sistemas heredados pueden facilitar cambios más rápidos.
Capacitar para transformar
Daniel Verswyvel sitúa el foco en las personas. Para el ejecutivo, la tecnología debe actuar como un habilitador de las capacidades de los colaboradores y de las organizaciones, acompañando mejoras en sus procesos y resultados.
Ante la pregunta de Morell sobre cómo preparar a los equipos, distingue dos frentes complementarios: ampliar el aprendizaje de IA en el contexto laboral y trabajar con grupos específicos para comprender sus procesos y acompañar una adopción más profunda.
El objetivo, explica, es superar la aplicación de tecnología sobre tareas existentes y comenzar a repensar cómo se realizan. Esa es una característica de las organizaciones que Microsoft denomina frontier companies: empresas que adoptan la IA con una intención explícita de transformar su funcionamiento.
Respecto del retorno de la inversión, Verswyvel señala que existen clientes en la región que ya han pasado de la experimentación a la adopción y transformación. Los beneficios, agrega, pueden expresarse tanto en resultados operativos como en nuevos productos, distintas formas de relacionarse con los clientes y mayores capacidades para los colaboradores.

Agentes: delegar acciones, mantener la responsabilidad
La conversación con Ezequiel Glinsky profundiza en los agentes de IA. El ejecutivo los describe como piezas de software que, además de responder consultas, pueden ejecutar acciones.
Sus ejemplos van desde buscar un regalo según preferencias y presupuesto hasta atender solicitudes de clientes en una cadena de supermercados. En estos escenarios, los agentes deben operar con información, objetivos y restricciones definidos por la organización.
Morell plantea entonces una pregunta central: ¿quién conserva el control?
“El agente y la inteligencia artificial debe estar siempre, siempre subordinado y controlado por las personas”, responde Glinsky. Y sintetiza el principio que debe orientar su implementación: “Nosotros podemos delegar acciones, nunca podemos delegar responsabilidades”.
Esto implica establecer protocolos, guías y límites para su funcionamiento. La capacidad de ejecutar tareas no elimina la responsabilidad de quienes diseñan, autorizan y supervisan su uso.

El factor humano gana relevancia
La entrevista también aborda la tendencia a atribuir emociones o sentimientos a la inteligencia artificial. Glinsky sostiene que estas tecnologías no tienen emociones ni conciencia y advierte sobre la inclinación humana a interpretarlas como si fueran personas.
Desde esa perspectiva, comprender sus capacidades también exige reconocer sus límites.
Al cerrar la conversación, Morell vincula este desafío con experiencias anteriores de digitalización y ciberseguridad: procesos donde la atención inicial suele concentrarse en las herramientas, pero termina revelando la importancia de las personas.
Glinsky coincide. Frente al crecimiento de la IA, destaca la empatía, la creatividad, el juicio y el pensamiento crítico como capacidades especialmente necesarias.
“Las capacidades humanas hoy son más importantes que nunca”, afirma. Una idea que conecta las tres conversaciones: el potencial de la inteligencia artificial se concreta cuando existe un propósito de negocio, personas preparadas para utilizarla y una responsabilidad que permanece en manos humanas.


