Por Jennifer Hidalgo. Analista de Ciberseguridad y Resiliencia de Cybertrust
Imaginemos una empresa que debe suspender la atención después de un ciberataque. Sus sistemas están bloqueados y el equipo busca el plan de recuperación. Entonces aparece un problema adicional: la única copia está guardada en el servidor afectado. Las personas que esperan una respuesta siguen escuchando la misma frase: «Se cayó el sistema».
Ese escenario ficticio plantea una pregunta concreta: ¿podemos poner en marcha la recuperación cuando también fallan las herramientas que usamos para organizarnos? La respuesta importa a quienes necesitan completar una compra o realizar un trámite. Cada decisión sobre la recuperación tiene consecuencias para la atención que reciben.
El plan de recuperación ante desastres, conocido como DRP por su sigla en inglés, organiza cómo restablecer la tecnología y los datos necesarios para operar después de una interrupción grave. Durante un ciberataque necesita coordinarse con la respuesta al incidente y con las prioridades de continuidad del negocio. Su utilidad depende de que las personas puedan consultar y ejecutar sus instrucciones en las condiciones previstas.
Una copia alternativa protegida y accesible para las personas autorizadas puede resolver parte de esa dependencia. Debe corresponder a la versión vigente, y su consulta debe estar contemplada incluso si los accesos habituales están afectados. Guardar otro archivo dentro del mismo entorno comprometido puede mantener el problema: ambas copias podrían depender de los sistemas o las credenciales que dejaron de estar disponibles.
También hay que revisar el contenido. Un plan puede mencionar a alguien que cambió de cargo o describir un sistema reemplazado. Comprobar su vigencia exige contrastar las instrucciones con la operación actual y confirmar que las personas involucradas conocen sus responsabilidades. La fecha de la portada ofrece una referencia limitada.
Los ejercicios de crisis permiten ensayar la coordinación. En un ejercicio de mesa, las áreas involucradas analizan un escenario y explican cómo actuarían. Pueden discutir quién activa la recuperación, cómo se comunican si el correo está comprometido y qué información entregan a las personas afectadas. La conversación ayuda a detectar decisiones sin responsable o dependencias que el documento daba por resueltas.
Las pruebas técnicas comprueban la ejecución sobre los sistemas incluidos en su alcance. Restaurar una copia de respaldo en un entorno controlado permite verificar si es utilizable y medir cuánto tarda la tarea. Para afirmar que un servicio está recuperado también hay que comprobar que sus componentes y accesos funcionan juntos. Cada prueba necesita objetivos y criterios de éxito definidos.
Foco en el negocio
Las prioridades deben responder a las necesidades del negocio. Una empresa puede necesitar recuperar primero la atención de sus clientes, aunque otros sistemas resulten más fáciles de restablecer. Esa decisión requiere conocer qué procesos sostienen el servicio y de qué recursos dependen. TI y las áreas operativas deben acordar el orden y los tiempos esperados antes del incidente.
Durante un ciberataque, además, la vuelta a la operación exige cuidar la seguridad. La presión por reabrir debe acompañarse de verificaciones que permitan recuperar en un entorno confiable y reducir el riesgo de volver a comprometerlo. El equipo necesita criterios para decidir cuándo corresponde reconectar y qué condiciones deben cumplirse.
Al terminar las pruebas y los ejercicios, los problemas encontrados necesitan seguimiento. Cada mejora debe tener una persona responsable y un plazo. Cuando se modifica un procedimiento o se corrige una falla, corresponde comprobar el resultado. Ese trabajo convierte los hallazgos en cambios concretos para la siguiente recuperación.
Para una persona que espera atención, esos preparativos pueden parecer lejanos hasta que el servicio deja de estar disponible. Explicar qué está ocurriendo y qué alternativas existen también forma parte de la respuesta que necesita recibir. La preparación de la organización termina reflejándose en esa experiencia cotidiana.
La próxima revisión del DRP podría comenzar comprobando si las personas autorizadas pueden consultarlo de forma segura con los medios alternativos previstos. Si ese primer paso falla, ya hay una dependencia que resolver. Antes de prometer que podremos volver a operar, conviene responder una pregunta básica: ¿cómo vamos a abrir el plan cuando más lo necesitemos?
Una empresa debería respaldar sus compromisos de recuperación con resultados de pruebas y ejercicios, y dar seguimiento a las brechas que éstos revelan. La dirección tiene que conocer qué se pudo recuperar y qué dificultades siguen pendientes antes de afirmar que existe preparación suficiente. Dedicar tiempo y recursos a comprobar esa capacidad es una responsabilidad hacia las personas que dependen de sus servicios.


